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domingo, 1 de mayo de 2016

El Fujimorismo Ordenó la Muerte del Líder de los Trabajadores del Perú en 1992


El 18 de diciembre de 1992, Pedro Huilca Tecse, Secretario General de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), murió acribillado a balazos dentro de una camioneta, frente a la puerta de su casa. Los disparos fueron hechos con silenciadores. Sin embargo, nadie le salió al paso, como solían hacer los subversivos tras un implacable reglaje a sus víctimas. Los sicarios llegaron después del desayuno de la familia; unos instantes más y no lo encontraban.

Momentos después del crimen se echó a andar la versión que se trataba de un nuevo atentado de Sendero Luminoso. Una década después José Luis Risco, presidente de una subcomisión investigadora del congreso, presentó el testimonio de un agente que hacía trabajos sucios para el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN): Clemente Alayo.

Alayo reveló que en octubre del año 1992, Martín Rivas recibió una llamada de Fujimori al salir de los baños saunaPardo. Tras ello el jefe del Grupo Colina anunció que se preparaba el crimen de Huilca.



Alayo volvió a oír del tema en los primeros días de noviembre. Se encontró con Martín Rivas cerca de la Plaza 2 de Mayo, a pocos pasos del local de la CGTP. En el interior de un automóvil estaban Mariela Barreto y dos sujetos. Martin Rivas le dijo a Alayo: “Mira, compadre, vas a reivindicarte de todas las cagadas que has hecho. La señorita que ves adelante va a participar con nosotros y tiene más huevos y cojones que tú. Y el chofer, ¿ves a ese grandazo que está allá al fondo?, ése también va a participar; y yo también, pero tú vas a dar el tiro de gracia. ¡Ahí quiero verte, carajo!”

Ángel Felipe Sauñi Pomaya, técnico del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), ratificó esa versión. Recordó que su colega Pedro Pretell Dámaso había reconocido su participación en el crimen.

Los trabajadores culparon desde el primer momento al gobierno de Fujimori, recordando que el ministro de economía de la dictadura, Carlos Boloña había declarado, en agosto de 1992, que la dirigencia de la CGTP no llegaría a fines de año.



La guerra estaba declarada desde que el gobierno aplicara una política económica que destruía el trabajo de los peruanos, en beneficio de grupos monopólicos. En pocos meses, el régimen había liquidado la legislación que amparaba derechos laborales conquistados a lo largo de décadas. Para agravar más las cosas, el Fondo de Pensiones acabó pasando en gran parte al sistema privado, a través de las Administradoras Privadas de Fondos de Pensiones que engulleron la mayor parte de sus ingresos. Los grandes empresarios se frotaban las manos. Por eso no extrañó que el grueso de asistentes al CADE 92 sonriera cuando el propio Fujimori anunciara, en presencia de Pedro Huilca: “¡Los días de la CGTP comunista ya se han terminado! ¡Éste ya no es el país donde mandan las cúpulas de la CGTP!”



El dirigente advirtió las consecuencias de la amenaza. A los pocos días envió un escrito, La CGTP responde, en el que recordaba que “Nunca había habido en el Perú un gobierno en el que los trabajadores hubieran asumido la capacidad de decisión. Todos han aplicado una política de opresión y han actuado en contra de los trabajadores. Le aseguramos que no le tememos y que sin alardes ni aspavientos responderemos a las bravatas y a las amenazas de quienes hoy son fuertes”.

Pero la vida de Huilca tenía las horas contadas: el 18 de diciembre, a las 8 y 25 de la mañana, el hombre de 42 años recibió unos cuarenta disparos en el cuerpo cuando se disponía a marchar a la sede de la Central. Los asesinos no repararon en disparar contra el frontis de su casa para acallar los gritos de horror.



Flor, una de las hijas de Pedro, se cruzó en el camino con una mujer de pelo corto, rubio, con el rostro pasmado. Tenía en las manos un arma. Tras la balacera, Flor llevó a su padre al hospital, pero los médicos nada pudieron hacer.

Yuri Huamaní, un estudiante de la Universidad Nacional de Ingeniería, capturado dos horas antes del crimen, fue acusado del asesinato. Sus padres fueron obligados a firmar un acta en blanco, en la que luego se consignaría una denuncia por subversión. Hasta hoy se lamentan.

A los pocos días del crimen, la policía presentó a los responsables del crimen, pero la familia de Huilca no reconoció a nadie. A una mujer la mostraron a través de la cerradura de una puerta, pero ella tenía el pelo largo y oscuro; no tenía relación con la mujer que había participado en el atentado.



Fuente: Efraín Rúa (del libro El crimen de la Cantuta)

Por ahora es todo. Soy el Dr. Azul en Tarata 21...

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