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martes, 6 de enero de 2015

Sepa quien es José Efraín Ríos Montt, el Genocida Ungido por Dios


Hola a todos y todas. Les recomiendo este post. Seguramente en repetidas ocasiones has leído a través de las redes sociales los apellidos Ríos Montt, acompañados del adjetivo "Genocida", y te habrás preguntado, ¿Quién es ese tal Ríos Montt?. José Efraín Ríos Montt es coleguita de otros tantos dictadores latinoamericanos de extrema derecha, que brutalizo Guatemala, su país natal, a mediados del siglo pasado. Aquí te dejamos su historia.

Ríos Montt, genocida en el nombre de Dios
por Edgar González Ruiz

En mayo pasado, en un ejemplar aunque efímero ejercicio de justicia, el ex dictador guatemalteco Efraín Ríos Montt fue condenado a 80 años de prisión por genocidio y delitos de lesa humanidad. Pero, rápidamente, la Corte de Constitucionalidad de ese país anuló la condena, con lo cual mostró su sumisión al poder, pues entre los protectores de Ríos Montt se cuenta al actual presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, quien era militar a principios de la década de 1980, cuando Ríos Montt gobernaba ese país.

Aunque es lamentable el desenlace que por el momento ha tenido ese proceso, cabe destacar que a diferencia de Ríos Montt otros exgobernantes genocidas, como George Bush y Felipe Calderón, ni siquiera han tenido que comparecer por los crímenes que cometieron durante sus mandatos.

La historia de Ríos Montt

Efraín Ríos Montt nació en Huehuetenango el 16 de junio de 1926. Se graduó como oficial del Ejército el 15 de febrero de 1950. Fue instructor militar. Ascendió a coronel el 15 de marzo de 1966 y a general, el 30 de junio de 1972. Fue jefe del Estado Mayor del Ejército y, luego de haber sido derrotado en las elecciones presidenciales de 1974, fue comisionado como agregado militar en España. En marzo de 1982 llegó al poder gracias a un golpe militar. A lo largo de su vida, Ríos Montt ha mezclado sus creencias religiosas con sus deberes públicos.

Según una de sus biografías, les predicaba a los reclutas del Ejército que observaran la castidad, con consignas como esta: “deben darse cuenta que su cuerpo es un templo. No lo contaminen con prostitutas”. Con esa mentalidad, satanizaba el sexo en la misma medida en que practicaba el asesinato.

Cuando fue director de la Escuela Politécnica (Colegio Militar) de Guatemala, Efraín Ríos Montt le exigía a cada uno de los cadetes tener un ejemplar del Nuevo testamento, junto con un ejemplar de las ordenanzas militares y otro del código de honor del Ejército. “Siempre que tenía que llamarle la atención a un oficial, Ríos Montt le preguntaba: ‘Tenemos dos códigos aquí por los que regimos nuestra conducta. ¿Cuál de ellos ha violado usted?’”.

Además, “frecuentemente, tanto en la Escuela como en las diferentes bases militares donde sirvió, Ríos Montt hablaba de Dios a sus hombres”.

Cuando asumió la investidura presidencial, Ríos Montt era ya un seguidor convencido y muy activo del grupo evangélico Verbo, al que había sido invitado a fines de la década de 1970 por Luis Chang, quien a su vez había servido en el Ejército a las órdenes de Montt y fue en 1974 el jefe de seguridad de su campaña presidencial (Joseph Anuso y David Sczepanski, Efraín Ríos Montt, ¿siervo o dictador?, Gospel Outreach, Guatemala, 1984).

La Iglesia del Verbo, también denominada Iglesia Gospel Outreach, con sede en Eureka, al Norte de California, había llegado a Guatemala en 1976 con motivo del devastador terremoto del 4 de febrero de ese año. Previamente había establecido contacto con una acaudalada dama de la sociedad guatemalteca.

El 23 de marzo de 1982, cuando Ríos Montt perpetró su golpe militar, ya estaban prevenidos los dignatarios de la Iglesia del Verbo, que en Estados Unidos esa iglesia se había alineado con la derecha religiosa. El día del golpe, Ríos Montt abandonó sus labores dentro de su iglesia para dirigirse al Palacio Nacional a encabezar el nuevo gobierno.

Además de ser “cristiano renacido”, Ríos Montt había hecho una larga carrera en el Ejército, se había entrenado en Estados Unidos en la lucha antiguerrillera y se le acusaba de haber cometido atrocidades en operaciones militares en la década de 1970.

El Dios del genocidio

El día mismo del golpe militar, el 23 de marzo de 1982, en su primera conferencia de prensa, Ríos Montt asombró al mundo y a los oficiales golpistas cuando mencionó a Dios en su primer discurso, en el que dijo: “Estoy confiando en Dios, mi señor y rey, para que él me guíe, porque sólo él da y sólo él quita la autoridad”. También afirmó que uno de los objetivos del golpe militar era “rescatar los valores morales”.

Ya como presidente, puso en práctica la campaña de “moralización” que denominó el Proyecto David, al hacer alusión al rey David de la Biblia. Al inaugurar el proyecto, Ríos Montt se comprometió “ante Dios y ante mi patria, a dedicar todos mis actos a cambiar a Guatemala”; se declaró “ante Dios” enemigo de la corrupción y pidió a Dios ayuda para cumplir con sus juramentos (Prensa Libre, 24 de marzo de 1982, página 8).

En una entrevista concedida a un periodista estadunidense apenas 5 días después del golpe militar, Ríos Montt describió a su investidura como un acto providencial decidido por Jesucristo mismo. Dijo Ríos Montt en esa entrevista: “Quiero invitar a los cristianos de Estados Unidos a que cumplan con lo que nuestro señor Jesucristo ha establecido, esto es, a rogarle a Dios para que el nuevo cielo de paz, amor y misericordia que él ha establecido sobre Guatemala permanezca para siempre. Estábamos al borde de un precipicio y Dios ha puesto su mano sobre nosotros. Démosle gracias a Dios y pidámosle que su misericordia perdure”.

A la pregunta de otro periodista acerca de la influencia de sus convicciones religiosas en sus funciones de gobierno, Ríos Montt respondió: “Yo tengo una actitud cristiana, y actuando como cristiano puedo influenciar a todo el gobierno para que trabaje con honestidad, verdad y justicia”.

Pero no sólo el propio Ríos Montt mezclaba sus convicciones religiosas con sus deberes como funcionario, sino que en su gobierno comenzaron a tener influencia personajes de su iglesia. Como ellos mismos reconocen, “miembros de la Iglesia Verbo” empezaron a “coordinar esfuerzos” en proyectos de “ayuda al pueblo indígena” de áreas en conflicto armado, proyectos que eran financiados por grupos evangélicos estadunidenses.

Desde el inicio mismo del golpe militar, miembros de la Iglesia del Verbo acompañaron a Ríos Montt para darle “apoyo espiritual y asesoramiento”, incluso en asuntos de orden político y militar.

Los domingos por la noche, Ríos Montt ofrecía a los guatemaltecos una charla televisada donde combinaba su discurso político con enseñanzas religiosas y consignas “moralizantes”. Desde la televisión les exigió a los funcionarios de gobierno: “Dejen a sus amantes. Cumplan con sus obligaciones”.

Cuando el papa Juan Pablo II visitó Guatemala, Ríos Montt se dirigió a él como un líder religioso a otro en estos términos: “Nos ha complacido especialmente que usted haya invitado a sus seguidores a poner en práctica la palabra de Dios, como él lo ordena en su Testamento y no simplemente a contentarse con oírla. He admirado la autoridad con que usted ha hablado a los católicos, para que se comprometan y se alejen de los malos hábitos, para hacer el bien y amar a sus hermanos, en resumen, a cumplir con los mandamientos”.

Los críticos de Ríos Montt lo acusaron de estar manejado por fanáticos religiosos, pero además a lo largo de su gestión como presidente, Ríos Montt tomó diversas medidas impopulares.

Estableció el estado de sitio, con lo que prohibió toda actividad política y retrasó así el proceso de convocar a elecciones; estableció los tribunales del fuero especial, donde, con el pretexto de evitar venganzas, jueces y acusadores ocultaban su identidad al juzgar a los guerrilleros, y anunció la implantación de nuevos impuestos.

Creó además la organización paramilitar denominada Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), señalada como participante en matanzas cometidas durante el enfrentamiento con la guerrilla. En diciembre de 1982, Ríos Montt le dijo al presidente Ronald Reagan que “no había refugiados en los campamentos de México” sino sólo guerrilleros, con lo cual apoyaba la política de persecución contra esos refugiados al considerarlos como elementos desestabilizadores para México y para Guatemala.

Finalmente, en agosto de 1983, Ríos Montt fue depuesto por un golpe militar similar al que él mismo había protagonizado el año anterior. Antes de su caída, se había negado a retirar a sus “consejeros espirituales” de su equipo de trabajo, lo cual le había sido solicitado por varios jefes militares de alto rango. Luego del nuevo golpe militar, Ríos Montt declaró, resignado, que “Dios es el único que da y que quita la autoridad”, y anunció que regresaría a su trabajo en la Iglesia del Verbo, pues antes de llegar a la Presidencia había estado dirigiendo la escuela de esa congregación.

Persistencia y acusaciones

Ríos Montt no cumplió su promesa, y volvió a involucrarse en la política, de tal suerte que en 2000 era presidente del Congreso de Guatemala, del cual era vicepresidenta su hija Zury Ríos.

En marzo de ese mismo año, los periódicos de Guatemala anunciaron que un juez español había aceptado tramitar la denuncia penal planteada por Rigoberta Menchú, Premio Nóbel de la Paz, contra varios exfuncionarios guatemaltecos, entre ellos Ríos Montt, acusados de genocidio, torturas, asesinato y detención ilegal.

En aquel tiempo, Ríos Montt “dejó entrever que esas acciones legales no le quitan el sueño” (Siglo XXI, 28 de marzo de 2000), mientras que su hija Zury puntualizó que el general no sería capturado “en ningún país del mundo, pues goza de inmunidad por el cargo que desempeña” (Al Día, 30 de marzo de 2000).

En 2003, Ríos Montt logró presentarse como candidato presidencial a las elecciones del 9 de noviembre, por el Frente Republicano Guatemalteco, y sus oponentes lo acusaron de poner en práctica una “amplia estrategia de cooptación del voto con recursos estatales y gastos excesivos en publicidad” (Proceso 1409, 2 de noviembre de 2003).

Se denunció, además, que en los últimos meses antes de las elecciones, el gobierno entregó compensaciones a indígenas y campesinos miembros de las PAC, a quienes el presidente Alfonso Portillo había calificado como “héroes” que hicieron aportes a la construcción de la democracia en Guatemala.

El 24 de septiembre de 2003, en Ixcán Quiché, una de las comunidades más afectadas por las estrategias de contrainsurgencia que hace décadas aplicó el Ejército, Ríos Montt fue apedreado por medio centenar de familiares de víctimas de la guerra que gritaban consignas de “fuera, asesino”, y portaban mantas con la leyenda “no más Ríos de sangre Montt”.

* Más información en el siguiente artículo.


Ríos Montt : el ungido de Dios
por Ana Lucrecia Molina Theissen

El 26 de marzo de 1984 abandoné mi país, Guatemala. Junto con mi familia, que estaba asilada en la embajada de Ecuador, habíamos resistido los años más duros. Mis padres buscaban a mi hermano Marco Antonio, un niño de 15 años cuando fue secuestrado por el ejército el 6 de octubre de 1981 para desaparecerlo hasta el día de hoy. Eso nos ató más a esa tierra de miseria y dolor; dejarla también fue abandonarlo a él, fue dejar de vivir, salir a respirar otro aire sin pulmones.

Cuando el cerco se cerró sobre nosotros –léase hombres siniestros de civil, siguiéndonos por calles y avenidas o estacionados en todas las esquinas de ciudad de Guatemala en una pánel blanca- alguien a quien debemos estar aún en este mundo nos tomó y, como pudo, nos salvó la vida dispersándonos por todo el continente. Las circunstancias nos reunieron con los años en Costa Rica, un país que nos resultó propicio para recomponer el alma y, tras la sobrevida y las mutilaciones, lograr vivir de nuevo.

Muy pocas cosas cambiaron en Guatemala tras la firma de los acuerdos de paz en diciembre de 1996. Las condiciones que estuvieron en la base del conflicto interno –pobreza extrema, marginalidad, hambre, desempleo, carencia de tierras- permanecen. La justicia tropieza a cada paso con las trampas tendidas por los poderes ocultos. Los magistrados, jueces y abogados honestos continúan siendo objeto de amenazas y todo tipo de actos hostiles, como los sufridos por la magistrada Mazariegos, de la Corte de Constitucionalidad, y la juez Jazmín Barrios, miembro del tribunal que juzga a los acusados del asesinato de Monseñor Gerardi ocurrido en 1998.

En 2000 ocurrieron decenas de acciones intimidatorias contra los actores de procesos judiciales según la Fundación Myrna Mack, entidad que ha conducido un largo proceso para lograr el castigo contra los militares autores intelectuales del asesinato de la respetada antropóloga en 1990. Ya no hay conflicto interno –cuya magnitud fue inflada desmedidamente por el ejército para asesinar, masacrar y desaparecer a opositores políticos y a los pueblos indígenas entre 1978 y 1996-, pero las organizaciones de derechos humanos y de la sociedad civil denuncian que –durante el año pasado y en lo que va de este- hay otra vez amenazas de muerte, seguimientos, intervenciones telefónicas y allanamientos con robos a los que se les quiere disfrazar de hechos criminales comunes, pero en los que una parte importante del botín es la información almacenada en los discos duros de las computadoras o los archivos de papel. La prensa tampoco escapa de este acoso.

Desde 1966 hubo elecciones, con fraude o sin él, hasta 1982, cuando un sector del ejército se rebeló contra la corrupta camarilla de los generales Romeo y Benedicto Lucas García. En esos años, el ejército había perdido el control de la represión y la iniciativa en el combate a la insurgencia; proliferaban grupúsculos armados clandestinos y miniejércitos de guardespaldas que mataban y desaparecían a cualquiera, diluyéndose el objetivo contrainsurgente de las fuerzas armadas.

Ríos Montt desarmó y desarticuló a estos grupos y centralizó, planificó y organizó la represión. Ofreció actuar con apego a la ley y lo hizo, derogando la Constitución y fabricando un estatuto de gobierno a su medida. Además su gobierno emitió leyes ilegales que le permitieron, por ejemplo, condenar a muerte a personas inocentes a través de los llamados "tribunales de fuero especial" cuya composición era secreta al igual que los procesos, los sitios de reclusión y los propios condenados cuyo paradero se desconocía hasta el momento en que iban a ser fusilados.

Ríos Montt se proclamó a sí mismo como el ungido de Dios para gobernar Guatemala. Su discurso fanático y manipulador de sentimientos y temores religiosos –como pastor de una secta evangélica fundamentalista- era recetado por radio y televisión en pequeñas dosis dominicales en las que mezclaba hábilmente citas bíblicas con mensajes inductores de culpa sobre padres y madres de familia a quienes de antemano achacaba lo malo que pudiera suceder a sus hijos e hijas por no controlar sus actividades ni sus compañías. Lo malo no era cualquier cosa; en ese contexto podía ser un secuestro, la tortura, la desaparición o la muerte.

Entre el 23 de marzo de 1982 y el 8 de agosto de 1983 el país fue asolado por el terror contrainsurgente. Las masacres de civiles en el campo -cuyas víctimas fueron en su mayoría indígenas, sobre todo ancianos, mujeres y niños- eran reportadas como enfrentamientos victoriosos del ejército con la guerrilla. Las cifras de violaciones a los derechos humanos sobrepasan con creces las de sus predecesores y las de quienes le siguieron en el ejercicio del poder.

El momento del relevo llegó en agosto de 1983 en la figura de otro general, Oscar Mejía Víctores, quien debido al profundo desgaste y aislamiento que sufría el país encabezó otro golpe de Estado y acabó con lo que quedaba de la oposición a través de métodos selectivos más sutiles quizá, pero con efectos igualmente desmovilizadores y destructivos sobre el tejido y la conciencia sociales.

El secuestro de la verdad, el robo de la democracia y las libertades y la desaparición de la justicia y los derechos humanos no fueron el producto de acciones sutiles. El cierre de los espacios de participación, hecho a sangre y fuego durante los años posteriores a la intervención en 1954 que derrocó arteramente al gobierno del demócrata Jacobo Arbenz, llevó a una situación en la que cualquier demanda política, económica o social que difiriera de los planteamientos oficiales se convirtiera en una lucha a muerte, de modo que llegó el momento en que la confrontación fue trasladada al terreno militar, campo en el el ejército tenía todo a su favor. Si las condiciones políticas descritas –que se sumaron a la miseria y la exclusión en las que viven la mayoría de guatemaltecos- no hubieran propiciado el conflicto interno, los militares habrían buscado la forma de lograr su objetivo: la eliminación sistemática de todo tipo de oposición mediante acciones perversas que pretendieron justificar con el discurso antisubversivo.

Este largo y despiadado proceso, que termina formalmente en 1996, resultó en el genocidio contra los pueblos indígenas y la aniquilación de generaciones de hombres y mujeres que desde la política, la academia, el arte y el trabajo osaron discrepar con sus obras del pensamiento y el actuar totalitarios en una toma de posiciones que fue, en esos años aciagos, un imperativo ético. Estos millares de hombres y mujeres constituirían hoy la cantera para la construcción de la democracia y la paz en Guatemala a la par de quienes ahora nuevamente exponen su integridad en la lucha por la justicia.

El fatídico baño de sangre sufrido por los guatemaltecos se reduce a unas cuantas estadísticas: 440 aldeas arrasadas, más de 600 masacres documentadas por la Comisión de Esclarecimiento Histórico auspiciada por la ONU, entre 40 000 y 55 000 personas desaparecidas y alrededor de 200 000 muertas.

Todo el horror y toda la tragedia en unas cuantas líneas. Todo el dolor causado por las acciones perversas de un grupúsculo de generales y coroneles sanguinarios que, guardando las distancias, solamente encuentran paralelo en las perpetradas por los nazis o por los temibles dictadores africanos como Idi Amín. Entre otras fuentes, los informes Guatemala nunca más , del Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica de la Iglesia Católica, y Guatemala : memoria del silencio, de la Comisión de Esclarecimiento Histórico, así como los testimonios recogidos por el sacerdote jesuita Ricardo Falla en Historia de un gran amor y Masacres de la selva dan cuenta de hechos escalofriantes, difícilmente atribuibles a seres humanos en las postrimerías del siglo XX, que, guarecidos por el mandato de silencio emanado del poder y acatado por las víctimas y la sociedad entera, posibilitaron la más absoluta impunidad para sus ejecutores.

¿Cómo alguien tan cruel y sanguinario como el genocida Ríos Montt fue electo diputado y presidente del Congreso? La sujeción al autoritarismo, tan arraigado en Guatemala, puede ser una de las explicaciones. El intenso terror vivido por los guatemaltecos pudo haber movido irracionalmente a una parte de la población a votar por el general para no exponerse al castigo al que daría lugar su desafección. Es una interpretación posible de hechos como que él y su partido, el Frente Republicano Guatemalteco, ganaron en Quiché, el departamento más castigado con los operativos de tierra arrasada y las masacres.

Además del miedo y una cultura de la violencia transmitidos de generación en generación, también sus simpatizantes en las zonas rurales, casi todos antiguos miembros de una peculiar milicia que llegó a reducir a un millón de campesinos indígenas, se encargaron de sembrar amenazas contra los detractores del general, sumando condiciones "objetivas" a la subjetividad cautiva del autoritarismo de modo que se propiciaron las circunstancias que favorecieron su triunfo. El resultado es un coctel populista/izquierdista-autoritario jefeado por las dos cabezas del actual gobierno guatemalteco: el presidente Alfonso Portillo y el general Ríos Montt.

En su campaña, Ríos Montt prometió "no mentir, no robar y no abusar", pero su costumbre de apegarse a la ley cambiándola a su conveniencia lo traicionó esta vez. En junio fue alterado el texto de la Ley del impuesto a las bebidas alcohólicas reduciendo de forma fraudulenta las tasas acordadas por el pleno del Legislativo. Al igual que en el caso Watergate, con el que ha sido parangonado el escándalo bautizándolo como Guarogate , fueron destruidas evidencias tales como el vídeo y el audio de la reunión y las notas de las taquígrafas; también fue modificado el diario de sesiones del Congreso. Los diputados opositores al conocerse el texto falsificado inmediatamente interpusieron una demanda de antejuicio ante la Corte Suprema de Justicia; una periodista tenía grabados los debates y aportó la prueba material del fraude.

El tortuoso proceso, en el que los imputados recurrieron a diversidad de artilugios para retardar la decisión de la CSJ, culminó en marzo con la aceptación del antejuicio, lo que abrió un capítulo inédito en la historia de mi país. Ríos Montt se enfrentó casi solo a la mayoría de la población, incluyendo al CACIF, y a las presiones de la comunidad internacional, sobre todo las provenientes de los Estados Unidos que en forma velada se opone a la continuidad en el poder de alguien que ya no les es útil.

El proceso contra Ríos Montt y los diputados y el juicio iniciado el 22 de marzo contra tres militares, el sacerdote Orantes y una empleada doméstica acusados del asesinato de Monseñor Gerardi, toca directamente a una de las ramas del poder casi omnímodo instalado en Guatemala desde hace largo tiempo: el ejército.

En Guatemala no existe un ejército profesional, apolítico y no deliberante, como lo establece la Constitución de la República. Se trata de una formación perversa vinculada estrechamente a los más grandes intereses económicos nacionales, representados por el Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Industriales y Financieras (CACIF), y de las potencias extranjeras, los que ha salvaguardado con los suyos. Según lo poco que se conoce de él, en su interior se libran fuertes luchas de poder entre diversas facciones. Una de ellas, "la cofradía", agrupa a coroneles y generales miembros de las estructuras de inteligencia -como la temida G-2, durante las décadas de los 70, 80 y 90- responsables de millares de ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas. Algunos de estos personajes actualmente ostentan cargos públicos como ministros, diputados y asesores presidenciales. Entre ellos se cuentan el ministro de Gobernación Byron Barrientos, miembro de la G-2 desde la década de los 70 y obligado al retiro por haber participado en un intento de golpe contra el gobierno de Vinicio Cerezo; y, Jacobo Salán, miembro de la cofradía, jefe del Estado Mayor Presidencial hasta agosto de 2000 cuando renunció para evitarle más problemas a su amigo Alfonso Portillo, según declaró, debido a que el Departamento de Estado de los Estados Unidos condicionó una posible visita de Bill Clinton. Salán es ahora asesor no declarado de Barrientos. en Gobernación.

Ese poder oculto es el señalado por distintos sectores en Guatemala como el que está reaccionando de modo tan violento contra jueces y magistrados y contra cualquier otra persona u organización que lo enfrente. Es un poder que se ha mantenido intacto y pese a las denuncias reiteradas y las demandas judiciales interpuestas en casos de violaciones de derechos humanos, casi ninguno de sus miembros ha sido investigado o procesado por sus crímenes. Continúa persistiendo a la sombra de un poder público copado por politiqueros cínicos, corruptos y oportunistas en su mayoría y constituye un remanente del pasado que reverdece y se acrecienta alimentado de impunidad, corrupción, linchamientos, debilidad institucional, ausencia de procedimientos de rendición de cuentas y la carencia de elementos no menos importantes como honestidad, transparencia, veracidad y respeto a las leyes de parte de quienes gobiernan.

Lo ocurrido en Guatemala fue devastador; costará mucho esfuerzo y tomará varias generaciones revertir el daño sufrido por todos, víctimas y victimarios, sometidos a un proceso de deshumanización del que nadie salió indemne y durante el que se violentaron extremadamente y por tan largo tiempo las normas más elementales de la convivencia humana. En una situación límite en la que prevaleció el sálvese quien pueda, se afincaron y fortalecieron modos de vida y pensamiento ligados al autoritarismo y la violencia, favorecidos por la tendencia depredadora establecida en el poder. Así, la solidaridad y los fines más altos de la sociedad humana fueron desvirtuados, pervertidos y anulados.

En ese contexto y con tales antecedentes, el proceso seguido contra el general Ríos Montt era determinante para el rumbo del país en el corto plazo. Contra toda esperanza, el 24 de abril del corriente un juez le exoneró de responsabilidad en la alteración de la ley aduciendo que él no estuvo cuando el plenario del Congreso la aprobó originalmente. Esta vergonzosa decisión –en la que más que el derecho y la justicia prevalecieron la componenda y el humano temor que parte de la constatación de que se posee un cuerpo agujereable y sangrante- es un golpe más contra cualquier intención que exista todavía de establecer un real estado de Derecho en Guatemala. Lo contrario hubiese demostrado el surgimiento de una voluntad política hasta ahora inédita en mi país, marcando el inicio de un proceso de construcción de la institucionalidad y la civilidad en una tierra que continúa siendo el botín de unos pocos uniformados, politiqueros, transnacionales y criollos oligarcas.

Por ahora es todo. Soy el Dr. Azul en Tarata 21...

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