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domingo, 2 de febrero de 2014

Mafia Yakuza Contrata a Mendigos para que Limpien la Central Nuclear de Fukushima


Hola a todos y todas. Les recomiendo este post. Sin ingresos y durmiendo en la calle, Tsuyoshi Kaneko recibió en 2012 la primera oferta de trabajo en años. Ochenta euros al día por un puesto de limpieza que solo tenía un inconveniente: se encontraba en una zona altamente radiactiva de la Zona de Exclusión Nuclear, en la prefectura de Fukushima.

Kaneko empezó a trabajar, sin máscara ni traje de protección, en las labores de descontaminación de la hoy desierta ciudad de Naraha. Meses después fue destinado en un puesto de control encargado de medir los niveles de radiactividad de los vehículos que entran y salen de la central. «Empecé a ver nublado y a perder la vista», recuerda el indigente de 55 años al relatar sus primeros problemas de salud, que hoy le mantienen inactivo. «Los médicos no encuentran la causa de mis problemas, pero yo sé que es la radiactividad».

Japón está llevando a cabo la mayor operación de limpieza radiactiva jamás emprendida, un intento de descontaminar una extensión equivalente a dos veces la ciudad de Madrid.

Parques, fachadas, viviendas, plantas, vehículos abandonados y cada centímetro de tierra están siendo desinfectados con el objetivo de hacer habitables ciudades de las que fueron evacuadas cerca de 150.000 personas. A la vez, miles de operarios siguen luchando por detener las fugas radiactivas de la central, que no ha dejado de verter agua radiactiva al Pacífico. Fukushima Daiichi ha dejado de ocupar titulares, pero sigue sin estar bajo control.

La planta fue dañada tras el tsunami que golpeó la costa de Tohoku en marzo de 2011, provocando la muerte o desaparición de cerca de 18.000 personas y la mayor crisis nuclear desde Chernóbil en 1986.

Las explosiones en el interior de la central mantuvieron al mundo en vilo durante días y llevaron a un grupo de hombres anónimos a protagonizar una de las acciones más heroicas de la reciente historia japonesa. Mientras decenas de miles de personas trataban de abandonar el país, un grupo de voluntarios tomaron el camino inverso y se atrincheraron en Fukushima Daiichi para intentar apagar los incendios y reactivar los sistemas de refrigeración de los reactores. Apodados inicialmente como los 50 de Fukushima, a pesar de que fueron muchos más, los trabajadores evitaron un desastre mucho mayor.

Nada queda hoy, tres años después, del espíritu de sacrificio que conmovió al mundo y llevó a los voluntarios de Fukushima a ganar el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia por su «valeroso y ejemplar comportamiento». Los héroes han sido reemplazados por mendigos, desempleados sin recursos, jubilados en apuros, personas endeudadas o jóvenes sin formación que en ocasiones trabajan por el equivalente a cinco euros a la hora, menos del salario mínimo en la prefectura de Fukushima.

La obligación legal de deshacerse de quienes han recibido el tope de radiactividad permitida obliga a renovar las plantillas constantemente. Las empresas de reclutamiento contratadas por Tepco, la compañía propietaria de la central, han delegado la captación de mano de obra barata en la única corporación japonesa capaz de facilitarla. Los yakuza, la mafia más adinerada y secreta del mundo, han pasado a controlar el suministro de empleados, beneficiándose de parte de los 75.000 millones de euros que serán invertidos en recuperar la zona en los próximos años.

El hampa controla desde hace décadas el mercado laboral clandestino en Japón. Las familias yakuza tienen la capacidad de movilizar a muchos trabajadores en poco tiempo y a menudo se convierten en la solución para empresas que emprenden grandes proyectos. Las redes criminales se encargan de cobrar los salarios y dan una pequeña parte a los empleados, que en el caso de la central de Fukushima pierden hasta el 80% del extra de peligrosidad que les corresponde.
Los sin techo solo cobran los días que trabajan, no tienen seguro médico y son obligados a pagar su propia comida. Tampoco reciben formación y, una vez enferman, son desechados sin ninguna compensación. «No soy el único que ha sufrido daños por la radiactividad. Muchos de los que estábamos allí padecen consecuencias», asegura Tsuyoshi Kaneko, relatando los casos de compañeros que han ido cayendo enfermos.

La policía japonesa arrestó el pasado mes de octubre a varios gánsteres que merodeaban las estaciones de trenes cercanas a Fukushima para reclutar a mendigos como Shizuya Nishiyama, un indigente de 57 años. Tras una vida trabajando como peón de obra, las empresas constructoras habían dejado de contratarle. Viajó desde la región de Hokkaido a la zona del tsunami con la esperanza de ser contratado en las labores de reconstrucción, pero tras un breve contrato temporal volvió a quedarse en la calle y terminó durmiendo entre cartones en la estación de Sendai.


Testigo desaparecido

Los yakuza gestionaron la contratación de Nishiyama en diciembre de 2012 y durante ocho meses trabajó recogiendo las hojas de árboles contaminadas dentro de la Zona de Exclusión Nuclear, el radio de 20 kilómetros alrededor de la planta que ha sido decretado inhabitable.

Los vómitos constantes, junto a una paga que menguaba con el descuento de los gastos de manutención, le llevaron a aceptar una promoción: pasó de reclutado a reclutador, utilizando sus contactos entre los vagabundos de Sendai para captar mano de obra. «No me arrepiento», dice Nishiyama al admitir que envió a algunos de sus amigos a trabajos que podían ser peligrosos. «Se llevan parte de tu salario y la situación allí es difícil, pero es mejor ser un trabajador nuclear que dormir en la calle en pleno invierno y sin comida».

Nishiyama desapareció hace dos semanas, poco después de hablar con Crónica, y nadie ha vuelto a saber de él. El pastor Yasuhiro Aoki, que tiene un refugio para víctimas del tsunami en la ciudad de Iwaki, teme que haya sufrido represalias después de que hablara con la prensa y su foto apareciera en una información de la agencia Reuters en la que se denunciaba la conexión entre la mafia y las agencias que reclutan empleados para Fukushima.

El propio religioso asegura haber sufrido el acoso de gánsteres por sus constantes denuncias de una situación que las autoridades y gran parte de la prensa japonesa prefieren evitar. «Es uno de los asuntos más sensibles en Japón. Las compañías creadas por los yakuza se hacen pasar por empresas normales que registran utilizando el nombre de graduados universitarios. Cuando alguien expone la verdad no les gusta», dice Aoki, que ha asistido a varios mendigos nucleares y recientemente recibió «la visita» de tres miembros del crimen organizado.

La utilización de los sin techo para realizar los trabajos más arriesgados en las centrales nucleares japonesas fue denunciada por Crónica por primera vez en 2003, años antes del accidente nuclear. La crisis devolvió a la actualidad una información que sigue siendo utilizada en Japón como alegato contra la energía nuclear y que en su primer párrafo ya citaba la central de Fukushima Daiichi como una de las que reclutaban a mendigos en los parques de Tokio.
Los indigentes eran conducidos a los reactores y otras zonas sensibles de la planta con engaños y recibían dosis de radiactividad superiores a las permitidas sin saber siquiera que se encontraban en una instalación nuclear. Varios de ellos han muerto o enfermado de cáncer desde entonces. Las familias siguen esperando una compensación, pero se enfrentan a algunas de las corporaciones más influyentes de Japón.

La explotación de los esclavos nucleares se ha agravado según crecían las necesidades de Fukushima Daiichi. Más de 50.000 empleados han pasado ya por la Zona de Exclusión Nuclear y las previsiones es que se necesiten otros 11.000 cada año. Carteles en las ciudades cercanas solicitan empleados, ofreciendo «ingresos adicionales» en comunidades que desde el tsunami ha visto como el desempleo se disparaba. Tepco, a pesar de todo, solo consigue cubrir dos tercios de sus necesidades de mano de obra en Fukushima.

La eléctrica ha anunciado que este año doblará la paga -hasta los 140 euros la jornada- y que construirá un complejo dedicado a mejorar la vida de los operarios. Pero la empresa también admite que el dinero extra seguirá yendo a las empresas de subcontratación e, indirectamente, a las redes criminales que las controlan. Una investigación de Reuters localizó hace unos meses hasta 733 empresas ejerciendo como subcontratas en la zona, un entramado cuya complejidad supera a la policía.

Las dificultades de Tepco para encontrar personal en un país con una tasa de paro de tan solo el 4% son buenas noticias para los yakuza, que a la capacidad de reclutar a miles de trabajadores suman la intimidación para evitar que abandonen sus puestos. Ni siquiera la enfermedad sirve de excusa. Empleados de una empresa subcontratada por la constructora Shimizu, una de las concesionarias, aseguran a Crónica que trabajan obligados y bajo la constante amenaza de Yamaguchi, la más poderosa familia de la mafia japonesa.

Sus jefes fijan horarios superiores a los permitidos, amenazan de muerte a los que tratan de escapar y en ocasiones agreden físicamente a los empleados. «Estamos esclavizados. No recibimos comida o máscaras protectoras», asegura un empleado de la ciudad de Mito. «El trabajo de descontaminación es como un gran campo de concentración».

Tsuyoshi Kaneko vive oculto desde que sus problemas de vista le obligaron a abandonar su trabajo en la Zona de Exclusión Nuclear. Dice que nunca fue informado de la cantidad de radiactividad que recibió, solo que no había superado el límite. Abandonó su puesto y vivió en un coche en la ciudad de Iwaki, hasta que un grupo de seis yakuza trató de forzarle a regresar. «Tuve suerte y pude escapar, pero otros trabajadores pagan las consecuencias con palizas y venganzas», asegura Kaneko.


Esclavos hasta 2017

Ni el gobierno ni Tepco pueden permitirse bajas en el ejército de empleados de la central y sus alrededores, entre otras cosas porque los trabajos ya llevan retraso. Las previsiones más optimistas llevaron a las autoridades a anunciar poco después de la crisis nuclear que las labores de descontaminación serían completadas este año. La fecha fue revisada a 2017 el pasado mes de diciembre y antes deberán solucionarse problemas que incluyen qué hacer con la tierra, las plantas o el agua que ha sido removida y que todavía no tiene destino. Incluso si se logra volver a hacer habitable las 12 ciudades de la Zona de Exclusión Nuclear, los trabajos de desmantelamiento de la central de Fukushima Daiichi llevarían todavía tres décadas más.

Es una obra para la que Japón ya no podrá contar con sus héroes. Muchos de ellos se sienten engañados después de que su sacrificio quedara en el olvido. Tepco ha enviado cartas a algunos pidiéndoles que devuelvan las indemnizaciones que recibieron.
La mayoría ha tratado de ocultar su identidad porque viven en la zona devastada por el tsunami y temen ser discriminados por su asociación con la empresa a la que se culpa del hundimiento de la región. El más conocido de los 50 de Fukushima, Masao Yoshida, murió en agosto de un cáncer de esófago que los médicos creen que no tuvo que ver con su exposición a la radiactividad.

Yoshida era el director de la central y se encontraba en su interior cuando fue golpeada por el tsunami, cortando la electricidad y dañando tres reactores. «Al producirse la primera explosión pensé que todos íbamos a morir», dijo el ingeniero al recordar lo sucedido, describiendo el dolor de ver a compañeros heridos a su alrededor. «Aunque los niveles de radiactividad eran terribles, mis colegas se lanzaron una y otra vez a tratar de reparar los reactores».

Ninguno de los 250 empleados que se encontraban en la planta pidió marcharse, a pesar de la incertidumbre sobre lo que había ocurrido con sus familias y los riesgos para su vida. Otros operarios llegaron para reforzar sus trabajos y los 50 de Fukushima permanecieron durante nueve meses luchando por evitar un desastre mayor.

El momento crítico tuvo lugar cuando Yoshida rompió décadas de cultura corporativa en Japón y desobedeció a los superiores que desde Tokio le pidieron que dejara de enfriar los reactores con agua del mar porque temían que produjera más pérdidas económicas. Su decisión de ignorarles fue crucial para evitar una fuga radiactiva que habría puesto en riesgo a cientos de poblaciones, desde Fukushima a la capital.

El espíritu de Yoshida difícilmente podría encontrarse en los trabajadores que pasan estos días por la planta. La mayoría ni son voluntarios ni tienen otra opción. Tsuyoshi Kaneko creyó que trabajar en Fukushima le daría dinero suficiente para abandonar las calles. Shizuya Nishiyama encontró en la mafia que opera en la zona a la única empresa dispuesta a contratarle.

Y Takashi Nagi fue forzado a exponerse a la radiactividad para pagar una deuda de 5.000 euros que había contraído con un prestamista. El operario comparte un piso de dos habitaciones con otros ocho empleados nucleares en la ciudad de Iwaki, a una hora en coche de la planta. El salario que debía recibir se ha reducido a la mitad después de que los yakuza decidieran cobrarle incluso el alquiler de la máscara de protección. «Los hay que tras los recortes que se les aplican no cobran nada», dice el pastor Aoki, denunciando que los héroes de Fukushima han pasado a ser esclavos.

Por hoy es todo. Soy el Dr. Azul en Tarata21...

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